EL PROFETA ESTÁ DE VIAJE

exposición

EL PROFETA ESTÁ DE VIAJE

imagenes: 
fecha: 
De 30/01/2015 hasta 13/03/2015
 
anotaciones: 

“EL PROFETA ESTÁ DE VIAJE”

        El desanimo se había apropiado de su vida, ese estado nauseabundo y decadente casi llegaba a gustarle, es más, lo había aceptado como algo natural. Como cada día, el profeta acudía al mismo lugar y a la misma hora, su exactitud cotidiana elevaba este acto al grado de ritual.El cuartucho de madera hacia el que se dirigía, estaba situado a unos metros de su casa. Ese habitáculo era el bunker de sus recuerdos, su guarida, el único lugar del mundo en el que se sentía seguro. El individuo abrió la puerta de su pequeño taller, todo estaba muy oscuro y se respiraba un fuerte olor a humedad. En ese preciso instante, el primer rayo de luz del amanecer entró por una pequeña ventana, atravesó la oscuridad de forma precisa y descargó toda su magnitud lumínica sobre un objeto. El resplandor divino y selectivo había transformado un artefacto ultra funcional y cotidiano en algo celestial. El elegido por la luz no era más que una simple regadera, ese trozo de plástico ahora con el destello divino, parecía algo cósmico, perfecto, como modelado por los dioses celestiales. El profeta permaneció absorto contemplando el espectáculo extrasensorial, estaba desconcertado por la serenidad que inundaba ahora su alma, nunca había sentido algo similar hacia un objeto inanimado.

Tenía la necesidad primitiva de besar la regadera, acariciar sus curvas, sentir con sus manos que le pertenecía o quizás, más concretamente, que le pertenecía su aurea, su energía invisible, su existencia. El profeta quería saborear la luz divina del amanecer, sentirse como un ser destacado, encontrar el equilibrio consigo mismo y conciliar su paz interior. Estaba poseído, tenía un sentimiento apasionado que le exigía como finalidad concreta, coger la regadera, pero el profeta se mantuvo firme, estático. La expresión de su rostro era desconcertante, hacia minutos que no parpadeaba, sus ojos ya no miraban hacia el exterior, ahora estaban de viaje, de viaje hacia lo más profundo de su ser interior. El individuo tenía una extraña sensación atemporal, se encontraba disuelto, como si fuese una ínfima molécula de oxigeno, ese estado de levedad le incitaba a volar, volar sin rumbo ni destino concreto. Se había transformado en parte del aire, ya no sentía su cuerpo pero su mente, su mente estaba nítida, funcionaba con gran exactitud y precisión. Admirado y lógicamente preocupado por el descontrol de sus propios estímulos, toma conciencia de que su lucha, no es más que sentirse satisfecho al final de cada día.

Para conseguir ese propósito, el profeta pretende desestabilizar sus conocimientos, replantearlos y mirarlos desde otro punto de vista, ponerlos de cara contra la pared con un gesto represivo y sumiso, para acto seguido, descubrir todo lo que esconden en sus bolsillos. Esa opresión hacia sus propios saberes, tiene como finalidad resucitar a un nuevo ser. De repente, un ligero escalofrío recorrió todo su cuerpo, ahora se encontraba de nuevo en su cuartucho y sus pesados pies ya no le permitían volver a volar. Cerró sus ojos, respiró con serenidad, volvió a mirar la dulce escultura en la que se había transformado la regadera y decidió acercarse un poco más al objeto, rompió su pose hierática y con tan sólo dos pasos certeros consiguió ponerse frente a ella. Ahora se encontraba cerca, muy cerca, tan cerca que casi podía oler su cuerpo de plástico fundido y remodelado... Un impulso eléctrico en sus neuronas, lo obligó a abrazar la regadera con todo su amor y respeto, ese gesto de ternura, era en definitiva, un homenaje de despedida a la contemplación, al acto divino. Poco a poco la fue soltando, pero lo hizo con el amor que un hombre apasionado, toca la mano de su amante por última vez. El profeta puso rumbo hacia el exterior de su cuartucho, cerró la puerta con tranquilidad y observó la inmensidad del cielo como si fuese la primera vez. Sus labios estaban desfigurados, el individuo volvía a sonreír y sus lágrimas de excitada felicidad recorrieron sus mejillas. No sentía odio ni envidia, penas ni miedos, su cabeza estaba vacía, formateada, limpia y a la espera de aprender de sí mismo, aprender de sí mismo.

                                                                                                                                   Ayoze Jiménez Villalba.