Edouard Duval Carrié

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Edouard Duval Carrié

 
 

La historia de Haití, como la de mi lugar allí, es larga y bastante complicada. En mi caso y en el de mi nación isleña, el tema principal es cómo evitar la tragedia en medio de un torbellino de desastres. Para mí, ésta es la primera cuestión que cualquiera, desde los más desafortunados de las oscuras marismas saladas de la costa hasta los cada vez más escasos habitantes de las mansiones a lo Hollywood de las colinas, se plantea al despertarse. Se trata de una ecuación que la mayoría debe resolver minuto a minuto y al final del día casi todos se han vuelto un poco más trastornados que el día anterior. Es por ello que comienzo este ensayo visual con un ‘requiem por esa nación’. Entonemos un fuerte hurra por esos fundamentales supervivientes. La mayoría fueron arrancados de esa mítica Guinen para ser desparramados como hojas (como dice la famosa canción) y nunca ser recogidos o recordados. Lo que sucedió es que fueron arrojados a esa máquina infernal llamada ‘Plantación Colonial’. Los franceses son muy ingeniosos. Son los precursores de la revolución industrial ‘sans’ máquina de vapor. Usaron el sudor y la sangre de los esclavos con tal exactitud que en sus minuciosos y detallados cálculos la obsolescencia prevista de un esclavo quedó fijada en no más de tres años. ¡Qué alegría!

¡Que tengan cuidado los que afirman que los esclavos vinieron con las manos vacías!

Junto a ellos arribó una heterogénea tripulación de deidades hipnotizadoras, unas más vistosas que otras, desde la notoriamente decadente Erzulie hasta el más arcano Grann Alouba, que sirven de columna vertebral a su rebaño roto. Siglos más tarde, su presencia continuada en nuestro entorno demuestra que los recuerdos son manchas muy difíciles de borrar. Esto se debe a que su ‘raison d’être’ no ha sido diluida por los impactos interculturales. ¡Inútiles asaltos los del poderoso Vaticano! Todo el desprecio de la ‘modernidad’ civilizada no pudo acallar sus tambores. ¡Algunos pensaban que la represión podría terminar con ellos! ¡Qué insolentes! No se daban cuenta de que nada los preocuparía mientras surcaban los océanos: buscan la luz, y nada los detendrá en ese empeño. Las fronteras dependen de la tierra y cuando se extienden al mar se vuelven fluidas. Después de todo, la mayoría son espíritus acuáticos. Otro de sus más sublimes rasgos es que son extremadamente adaptables: ajenos al fariseísmo, carecen de escrúpulos al adquirir nuevos roles o combinarlos con lo que encuentran en su deambular. Cuando uno se topa con la mirada vacía y lejana de un vigilante nocturno en el distrito portuario de Little Haiti, Damballah siempre está merodeando. El dulce tacto de una enfermera en la clínica del barrio demuestra que Dantor está presente. ¡Tanto a cambio de tan poco! ¡Recordad que no vienen con las manos vacías sino quizás armados con nuevas municiones! Comprendieron las lecciones que les enseñaron los difuntos Taínos: no hay que ceder gustosamente a la agresividad de aquellos cuya ‘rectitud’ sólo enmascara una insaciable codicia. Sabían muy bien que los mansos heredarán la tierra. ¡El tiempo lo dirá!